Tiempo liminal y voto castigo
América Latina se encuentra atravesada hoy por procesos de alternancia electoral e ideológica que vienen guiados por el castigo a los oficialismos, por lo que es difícil detectar un patrón concreto.
Cada vez que se elige un nuevo presidente en algún país de América Latina, se suele compartir un mapa en el que se muestra cómo se divide la región entre izquierda y derecha. Este tipo de mapa tiende a ser el punto de partida para la manida discusión de si la región ha girado hacia la izquierda o hacia la derecha. El problema aquí no es tanto discutir de ideología(s) –¡bendito problema!–, sino que es un ejercicio que en términos analíticos hoy aporta poco.
La actual época es difícil identificarla con un ciclo político concreto, estilo la llamada «marea rosa» de principios de los 2000. Esa dificultad para detectar un patrón concreto viene dada por procesos de alternancia electoral e ideológica guiados por el castigo a los oficialismos. Hasta la fecha los gobiernos oficialistas han perdido en 25 de las 31 elecciones presidenciales celebradas en la región desde 2018. Entonces el presente artículo ahondará en cómo se ha llegado a este momento de hartazgo en el que parece que es difícil imaginar futuros.
Cuando se aborda la incapacidad de los oficialismos para revalidarse en las urnas, implica hablar del «voto castigo», que expresa la frustración de la ciudadanía latinoamericana con el orden establecido más que una adhesión genuina a los representantes de la oposición. Así, es difícil hablar de vínculos con arraigo en la sociedad, teniendo un mayor peso las apelaciones individuales. Pero no todo lo que ocurre hoy se puede achacar a lo que producen las distintas tecnologías, puesto que también ha de considerarse el rol menos preponderante de los Estados y los partidos. Mientras tanto, otras formas de organización van consiguiendo una mayor capilaridad en distintos estratos de la sociedad, principalmente los evangélicos y las bandas narcos.
Paradójicamente, la región en la actualidad dispone de regímenes democráticos de modo más prologando, dado que ha superado su cuarta década. Asimismo, hay que tener presente que, desde la década de 1980 que se celebran elecciones de forma continuada, ha sido común que el oficialismo pierda y la oposición gane, aunque eso no quita que hoy dicha proporción sea más abultada.
Pero, ¿por qué no sería adecuado identificar el presente de la región con un «ciclo»? La respuesta es que no basta con que se hunda un ciclo político anterior para que surja uno nuevo. Toca que se dé un período de sedimentación y la configuración de manera más estable de ciertas agendas, agentes e instituciones. Los investigadores Breno Bringel y José Maurício Domingues hablan de un escenario abierto a lo contingente y contradictorio, un momento más cercano a la transición entre ciclos. En una línea similar, Álvaro García Linera ha popularizado el término «tiempo liminal», que hace referencia a un tiempo suspendido al haberse producido un quiebre del horizonte predictivo. Con el tiempo liminal, la incertidumbre se convierte en el espíritu de época; pero no tiene por qué relacionarse solo con la angustia o la frustración, ya que es también un tiempo especial en el que todo puede ser creado.
Con todo ello, América Latina se configura hoy a partir de tres factores principalmente: economías que tienen que enfrentar el fin del boom de los commodities, fuertes repercusiones de la pandemia del Covid-19, y desencantos con los canales tradicionales de representación. Son tiempos turbulentos en los que se ha de atender a explicaciones multicausales, a vez que tampoco se pueden perder de vista las coyunturas nacionales de cada país.
Todas estas problemáticas, asimismo, suponen desafíos importantes a los propios sistemas democráticos latinoamericanos. Ante esas constantes alternancias en el poder, se complica la elaboración de políticas que tengan un impacto en el largo plazo. Porque si bien el voto castigo puede entenderse como una sana rendición de cuentas, el rechazo continuado a los titulares puede producir con el tiempo que se termine desembocando en un debilitamiento importante del apoyo público a la administración democrática. La satisfacción con la democracia entonces no viene garantizada únicamente por la celebración de elecciones y la alternancia en el poder.
Todavía los patrones que orientarán el próximo ciclo no están claros, pero sí se puede señalar que paulatinamente van apareciendo nuevos actores, las agendas cambian y las instituciones se modulan. En consecuencia, se han de contemplar aspectos tan dispares como la relevancia de la cuestión democrática apuntada por los últimos estallidos y levantamientos sociales, el advenimiento de nuevos vehículos electorales –en especial de ultraderecha–, el desarrollo de identidades políticas negativas, o la preocupación por la seguridad pública canalizada fundamentalmente por paradigmas de corte punitivista.
Para cerrar, es oportuno invocar la siguiente cita de Hegel: “La lechuza de Minerva extiende sus alas solo con la llegada del crepúsculo”. La frase nos recuerda que hay que tomar las precauciones necesarias a la hora de hacer análisis de este tipo y sobre todo ser conscientes de que todo momento histórico se comprende mejor cuando ha transcurrido un tiempo.
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