El alineamiento irrestricto de Milei con Estados Unidos
La política exterior de Javier Milei dista mucho de seguir un programa definido, primando lo emocional. Pese a que se cite a Carlos Menem como su referente, es una comparación que exige matizaciones.
Desde que es presidente de la Argentina, Javier Milei ha realizado diecisiete viajes oficiales a Estados Unidos. Mientras que hay provincias argentinas que ni ha pisado, las visitas a Estados Unidos han sido una constante durante su presidencia, sobre todo a partir de la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca. Así, con la conmemoración de los 250 años de independencia de Estados Unidos, tenía planeado llevar a cabo su décimo octavo viaje al país del norte, aunque finalmente tuvo que cancelarlo por una reorganización de la agenda internacional. No obstante, este no fue el único motivo que derivó en la cancelación del viaje, de ahí que se haya que apuntar también al momento delicado que atraviesa actualmente su gobierno tras la reciente renuncia de Manuel Adorni como jefe de Gabinete Manuel al estar siendo investigado por la Justicia por presunto enriquecimiento ilícito.
Entonces, en vez de hacer tal viaje, Milei asistió la semana pasada al acto organizado por la Embajada, convirtiéndose en el primer presidente argentino en acudir a la celebración del Día de la Independencia en la residencia del embajador estadounidense en Buenos Aires. Pero su alineamiento con Estados Unidos no se reduce únicamente a visitas. Entre los distintos comportamientos que dan muestra de ello, se pueden señalar: en organismos multilaterales como la ONU, la coincidencia en la mayoría de votaciones de la posición argentina con la de Estados Unidos; la compra de aviones de combate de origen estadounidense en detrimento de las ofertas más competitivas procedentes de India y China; el respaldo a las incursiones militares de la administración Trump; o la firma de un acuerdo comercial que favorece especialmente a Estados Unidos. Asimismo, tampoco hay que olvidar el salvataje financiero que recibió la Argentina en la segunda mitad del 2025 por parte de Estados Unidos, que fue crucial para que La Libertad Avanza no cayese derrotada en las elecciones de medio término.
Este alineamiento irrestricto de Milei puede en un primer momento recordar a los años en los que Carlos Menem fue presidente del país (1989-1999). El hoy mandatario argentino ha citado en alguna ocasión a Menem como un referente, por lo que es normal que se tienda a las comparaciones. Los ecos del menemismo fueron una constante durante los comicios presidenciales de 2023.
El propósito del presente artículo, así pues, será tratar primeramente cómo fue la política exterior de Menem para luego pasar a desarrollar esta misma política en el caso de Milei. La tesis central es que a pesar del alineamiento de ambos mandatarios con Estados Unidos, habrían partido de abordajes diferentes.
La política exterior menemista y el realismo periférico
La asunción de Carlos Menem como presidente de la Argentina no solo supuso el abandono de sus promesas de campaña de «salariazo» y «revolución productiva» para adherirse a un programa económico de corte neoliberal, sino también hubo cambios en materia de política exterior al optar por un enfoque que reducía su actitud confrontacionista y el alineamiento total con Estados Unidos.
El giro de 180 grados en la política exterior argentina se vio fuertemente determinada por los criterios económicos. Desde la presidencia de Menem, se buscaba el respaldo de la primera potencia mundial como fuente de financiamiento, de inversión y como socio comercial. A la par, se restablecieron las negociaciones con Gran Bretaña con el fin de estrechar las relaciones con Europa occidental, mientras que con respecto a América Latina hubo elementos de continuidad con el gobierno de Raúl Alfonsín de cara al mejoramiento de la integración con Brasil y a la resolución de los conflictos limítrofes con Chile para aumentar las relaciones bilaterales.
Para el especialista en relaciones internacionales Carlos Escudé, este giro le permitió desarrollar su propia doctrina bajo el nombre de realismo periférico. El planteamiento teórico de Escudé se presentaba como un realismo para aquellos que carecen de poder, recuperando para ello la lógica ateniense que narraba Tucídides en el Diálogo de los Melios (“los fuertes hacen lo que pueden, los débiles sufren lo que deben”). Es decir, consideraba que era el único tipo de realismo al que podía optar un país como Argentina si el objetivo era aplicar una política exterior que redujese los costos y riesgos eventuales, maximizase beneficios y atrajese inversiones. El realismo periférico entonces acabó teniendo un peso importante en los gobiernos de Menem, y además durante un tiempo Escudé fue asesor especial del canciller Guido Di Tella.
La Argentina de Menem optó por un modelo de acoplamiento en relación con Estados Unidos, lo que implicaba el apoyo a Washington tanto en organismos internacionales como fundamentalmente en asuntos de seguridad global y una distante integración regional. Las actuaciones señaladas previamente respondían a ese principio del realismo periférico que dice que los Estados periféricos han de renunciar a la fuerza militar para centrarse en el desarrollo económico.
Ahora bien, no se puede hablar de una uniformidad en la orientación de la política exterior menemista, distinguiéndose dos etapas: una primera etapa en la que se privilegió las relaciones con Estados Unidos y en menor medida con Europa, y una segunda marcada por la incorporación plena de la Argentina al Mercosur. En términos del realismo periférico, la vinculación con Estados Unidos pasó de estar marcada por las «macro-relaciones bilaterales» en las que predominaban agendas conformadas por grandes temas políticos, al predominio en la segunda etapa de las «micro-relaciones» enfocadas en una pluralidad de asuntos específicos.
La construcción del realismo periférico como teoría, por tanto, empezó solo después de que se implementaran las nuevas políticas de Menem. Se podía hablar entonces de una retroalimentación entre el realismo periférico y la política exterior menemista porque primero fue esta política la que influyó en la construcción de la teoría escudeana y posteriormente ocurrió lo contrario, convirtiéndose en la instancia teórica predominante en los siguientes años de la década de los noventa.
En última instancia, la aplicación práctica del realismo periférico no tuvo al final los resultados esperados. Pese a mejorar su imagen a nivel internacional en los diez años de presidencia de Menem, la Argentina acabó sufriendo posteriormente, en el año 2001, la crisis económica, social y política más grave de su historia. Hasta el propio Escudé reconocería tiempo después que el realismo periférico no funcionó en el país. Igualmente, la teoría escudeana respondía al momento de la coyuntura internacional, era funcional a un escenario unipolar dominado por la hegemonía neoliberal. El realismo periférico acababa concibiendo el sistema internacional como algo estático en el que se mantenía una misma jerarquía.
La política exterior mileísta y la ruptura de un legado
La época actual se encuentra marcada por la fuerza que ha adquirido la denominada «internacional reaccionaria», con expresiones que no se circunscriben únicamente a Occidente. Ante los cambios experimentados a nivel mundial, esta internacional reaccionaria sobresale a partir de una exaltación de un pasado idealizado y una constante desacreditación de una variedad de sujetos y corrientes ideológicas por supuestamente ser los culpables de los males actuales. En ese sentido, como sostienen los internacionalistas Bernabé Malacalza y Juan Gabriel Tokatlian, Javier Milei es un caso ilustrativo de una variante de la internacional reaccionaria.
En lo relativo a la política exterior, siguiendo a la Malacalza y Tokatlian, el actual presidente argentino, más que seguir una doctrina como tal, ha presentado un repertorio reactivo, emocionalmente sobrecargado y políticamente transgresor. Por consiguiente, estos autores hablan de una política exterior colérica, en la que priman las fuertes reacciones viscerales por sobre un programa definido. Otros investigadores como Luciano Anzelini lo han caracterizado como «occidentalización dogmática». En la práctica, supone un alineamiento ideológico con el Estados Unidos de Trump –y complementariamente con el Estado de Israel–, una supuesta batalla cultural contra el «globalismo» y un desprecio a todo lo relacionado con la cooperación Sur-Sur o integración regional. Además, rompe con los principios de multilateralismo, derecho internacional, igualdad soberana y no intervención, un legado histórico de la Argentina en su proyección hacia el exterior.
La política exterior mileísta tiene como efecto que se esté transitando hacia un proceso de «desautonomización». En otras palabras, el Estado argentino progresivamente va cediendo capacidad de decisión a un abanico de actores estatales como no estatales. Produce un debilitamiento en la posición del país en el escenario internacional.
Por tanto, y en concordancia con Anzelini, aunque se pueda no compartir la inserción internacional de la Argentina en la década de 1990, hay que reconocer que se contaba con unos argumentos teóricos y un diseño de política exterior mucho más sofisticado a los de ahora. Además, la coyuntura internacional durante la presidencia de Menem era diametralmente distintita a la que enfrenta hoy Milei.
La parte del presente artículo que trata el realismo periférico se basa en una investigación del propio autor que fue publicada en una revista académica: «El impacto del realismo periférico en la política exterior de los gobiernos de Carlos Menem» [Revista de Investigación en Política Exterior Argentina, 4 (7), 2024].
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