Extremadura en stand by: ¿tiempos de una nueva hegemonía?
Pese a los resultados de las últimas elecciones en Extremadura, no es fácil afirmar ni el fin completo de una hegemonía ni el inicio de otra en la región.
Los resultados de las elecciones extremeñas de diciembre de 2025 otorgan al Partido Popular (PP) y Vox un 60% del porcentaje de votos. A pesar de ello, no es fácil afirmar ni el fin completo de una hegemonía ni el inicio de otra en la región.
En puridad, el fin de la hegemonía en Extremadura –entendida como un actor de dominio unívoco, con capacidad aglutinante en torno a un proyecto concentrado en sus fronteras político-institucionales–se produjo en 2011. Fue entonces cuando un partido político, el Partido Socialista Obrero Español (PSOE), con un liderazgo fuerte y claro, principalmente el de Juan Carlos Rodríguez Ibarra, representó un bloque de poder con un dominio político y cultural prácticamente imbatible. Se generó una identidad institucional y colectiva en el que se diluían lo extremeño, lo socialista y lo «ibarrista».La Junta de Extremadura territorializó el Estado, por primera vez, hasta todos los extremos de la región, de las Hurdes a la Siberia. Viejas zonas de olvido que hoy presentan un escenario distinto: en Ladrillar, en el extremo norte, Vox es la primera fuerza autonómica; en Capilla, en el extremo oriental, el PP alcanza un 53,57% de los votos. Entonces, en el imaginario colectivo mayoritario, la traducción extremeña del Estado de bienestar y de las autonomías tuvo sello socialista.
Si bien la capacidad hegemónica del Partido Socialista en sentido estricto se fue diluyendo, en cuanto a su forma cultural, discursiva e ideológica mantuvo una cierta continuidad, al menos hasta las elecciones de 2023. Puede hablarse de una cierta persistencia hegemónica en la sucesión Vara-Monago («barón rojo»)-Vara, así como en el empate entre Guillermo Fernández Vara y María Guardiola en mayo de 2023. La señal de ruptura más relevante se produce en la rendición de Guardiola frente a Vox durante la campaña de las generales de ese mismo año. El apoyo en los primeros presupuestos, su presencia en la consejería de Mundo Rural y Gestión Forestal, o la derogación de la Ley de Memoria Histórica y Democrática de Extremadura constituyen ya indicios de un proyecto nuevo.
Cabe entonces preguntarse: ¿Los 40 diputados de PP y Vox, sostenidos sobre un 60% de voto, son señal para el asentamiento de una nueva hegemonía? Estaríamos ante una alianza entre la representante de las pymes y el cazador de alcurnia, que, de forma aspiracional, pretende asentar en lo popular una nueva estética de lo agrorrural y un modo de pensar la economía neoextractivista. Extractivismo continuista, sí, pero sin la identidad colectiva asociada a la Junta y sus servicios públicos. Aquella identidad operaba, por supuesto, desde un entramado caciquil y una red eléctrica de primer orden, con enchufes en cada pueblo, y ello además sin la existencia efectiva de una autonomía de la sociedad civil en Extremadura. No se afirma con esto que dicha sociedad no exista o no haya existido. Hay un bloque civil que ha sido –Junta mediante– estado ampliado: una red ciudadana con la dependencia justa para no adquirir los resortes de un sujeto propio, a lo que se suma la dispersión de pequeños núcleos galos. De ahí que la debacle socialista adquiera un mayor dramatismo, dada la perdida de los resortes económicos y simbólicos de la institucionalidad.
Llegados a este punto, resulta decisivo preguntarse: ¿en qué dirección estratégica puede situarse a María Guardiola? ¿Qué significa –y que va a significar– la hasta ahora presidenta de la Junta?
María Guardiola, desde sus inicios, dio señales de querer mutar el repertorio socialista de la extemeñidad hacia el Partido Popular. Su horizonte de referencia era Juanma Moreno. Para ello, mostró uno de los perfiles discursivos con mayor diferenciación con respecto a Vox. Así, la concepción política de Guardiola es la del continuismo –o al menos su apariencia–: la de no explicitar el uso de la política para proyectar un nuevo orden. En este sentido, durante las negociaciones con la extrema derecha en 2023, Guardiola afirmaba: «No se pueden utilizar las instituciones para ideologizar». O, en las negociaciones actuales: «No tenemos que hablar de puestos».
El señalamiento reiterado de Vox hacia Guardiola como «izquierdista» resulta indicativo. Veamos algunos ejemplos ilustrativos: «la portavoz azul de las políticas de Sánchez» (Santiago Abascal en la campaña electoral de 2025); «el suyo, hasta ahora, era el mismo que el de Irene Montero: ideología de género, fanatismo climático e invasión migratoria» (Samuel Sánchez, portavoz nacional de seguridad). Si la líder del PP extremeño sigue significando continuidad hegemónica, sea por decisión propia o porque Vox ya la situé allí, solo tiene una salida: asumir al PSOE como partido satélite.
Si Vox continúa concediéndole margen, Guardiola tendría que asumir una voluntad de renovación hegemónica. En caso de que se negara –escenario dudoso–, PP y Vox, dadas sus estrategias nacionales –causa fundamental de estas elecciones–, coincidirán en que este mandato es más importante que la figura que lo encarne. En este sentido, Abascal amenazó en el diario Hoy que «si Guardiola se empecina, quizá el PP tenga que cambiar de candidato». De ahí que Guardiola aparezca como una figura que carece de autonomía política para decidir sobre la orientación política de fondo.
¿Dónde deja esto al PSOE? Se abren dos caminos, y ambos implican una travesía aparentemente larga. El primero consiste en apostar directamente por intentar liderar la oposición o, en caso de incomparecencia, esperar a que se produzca un reagrupamiento del voto a su alrededor. La segunda travesía es la abstención, opción que ha perfilado José Luis Rodríguez Ibarra y que ha sido descartada por la gestora liderada por el dombenitense José Luis Quintana.
Esta es la ubicación de una de las principales paradojas. Por una parte, la abstención favorecería el mantenimiento de los códigos de conducta y de los dispositivos culturales propios de la vieja hegemonía, de la cual has sido el mayor exponente, y podría justificarse desde el principal eje discursivo: «frenar a la extrema derecha». Pero, por otra parte, son los adversarios quienes liderarían ahora ese viejo orden renovado y situarían al PSOE como actor subalterno. El riesgo es doble: se minimiza la percepción de poder constituir una futura alternativa y se profundiza en la perdida de apoyos electorales, un escenario de difícil digestión para un partido con la histórica vocación de poder del PSOE. En ese caso, la oposición ante un bloque histórico de amplio arco parlamentario y débil fortaleza ideológica correría, casi necesariamente, a lomos de Vox.
Falta un actor: ¿qué papel juega Unidas por Extremadura? En primer lugar, la obtención de siete escaños resulta histórica para una fuerza situada en la tradición de la izquierda alternativa al PSOE. Ya en mayo de 2023, aunque pasó desapercibido, Unidas por Extremadura había obtenido un resultado comparativamente relevante. Ahora, con todos los focos puestos, logra un resultado muy destacado. Tanto en términos diacrónicos como sincrónicos. Conviene tener en cuenta que Extremadura ha sido una de las comunidades donde la que la izquierda alternativa ha encontrado mayores dificultades. A modo de contexto, en 2015, en pleno auge de Podemos, se obtuvieron seis escaños. El resultado de 2025 es el máximo histórico, con el precedente en votos de un 10% de Izquierda Unida (IU) en 1995.
Ahora bien, siendo la candidatura del arco parlamentario extremeño con mayor orientación hacia la región en términos tácticos y estratégicos, su mediatización ha tenido también una lectura estatal. Se trata de un resultado «exitoso» de una coalición política, más allá de lo puramente electoral, liderada por Podemos, con una fuerte presencia de IU y la incomparecencia de Sumar. Esto permite, por un lado, que las lecturas más próximas a Podemos sostengan la idea de que allí donde Sumar no está, las cosas funcionan; y, por otro, que desde otros sectores de la izquierda se refuerce la tesis de que favorecer frentes amplios es positivo en términos generales, con independencia de la presencia o no de Podemos.
Su futuro político pasa por la consolidación de un frente amplio extremeño capaz de ir acumulando descontentos y fuerzas de ámbito civil desde la oposición a un gobierno PP-Vox –o, en un escenario más improbable, a un PP con apoyo del PSOE en la investidura–. En este sentido, una tendencia hacia la «frenteamplización» de la izquierda española (con Podemos dentro) le resultaría beneficiosa; el escenario contrario, en cambio, le perjudicaría. Especialmente en este último caso, deberá seguir trabajando en su autonomía política. El reto es de calado, porque, a pesar de lo positivo de los resultados, no ha logrado aún aglutinar el grueso del antiguo voto socialista.
Extremadura queda así a las puertas de un segundo proyecto con vocación hegemónica, cuya consolidación no está, sin embargo, asegurada. La opción de una renovación del viejo orden extremeñista, dada su divergencia con las estrategias nacionales, parece quedar encapsulada. Quizá asistamos, entonces, tras un 2025 marcado por muertes tan significativas en Extremadura, al definitivo entierro de una era. De momento, en stand by.
Firma invitada - Andrés González-Flores es investigador doctoral en Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales por la UCM. Máster Internacional de Estudios Contemporáneos de América Latina. Graduado en Ciencias Políticas y en Derecho por la UC3M.
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