Insumisos frente a la adversidad
La Francia Insumisa de Mélenchon mantiene un lugar destacado en el espacio de la izquierda francesa, pero, a su vez, enfrenta las consecuencias del proceso de normalización de la ultraderecha.
La normalización de la ultraderecha en Francia es cada vez más evidente. El último suceso que se utilizó como pretexto fue el asesinato de un joven neonazi el pasado mes de febrero en Lyon, cuando acudió encapuchado a una conferencia de la eurodiputada insumisa Rima Hassan para increpar a los asistentes. Pero, a fin de entender la aceleración de este proceso de normalización, se han de señalar otros dos momentos, de acuerdo con la reflexión del politólogo Thomás Zicman de Barros: la identificación de Agrupación Nacional (RN) como «proisraelí» –escondiendo su antisemitismo inherente–, y las elecciones anticipadas de 2024, cuando gran parte de los medios de comunicación presentaron a RN como un partido normal. Obviamente, es una operación que permite la estigmatización de la izquierda. Hoy, en el panorama francés, el señalamiento se dirige a La Francia Insumisa (LFI) de Jean-Luc Mélenchon, pero a la larga los siguientes pueden ser los miembros del Partido Socialista (PS). La actitud complaciente al respecto, que existe en una cierta parte del propio espacio de la izquierda francesa, solo beneficia a RN, a la vez que se retuerce aún más el significado del «frente republicano».
Tampoco ayuda la predominancia que ha tenido en la discusión pública la narrativa dominante sobre la polarización. Como recuerdan Javier Franzé y Julián Melo, la polarización, al relacionarse con el extremismo, la radicalidad y la intransigencia, es presentada como la negación de la democracia, que a su vez se identifica con el consenso centrista, el diálogo y la templanza. En cambio, esa incompatibilidad entre polarización y democracia apuntada por el consensualismo se refiere en la práctica a una negación del conflicto y una apuesta por su ausencia como fundamento de la gobernabilidad. La polarización entonces no es el equivalente de antagonismo ni de inestabilidad de la democracia, de ahí que se haya que insistir que el campo político se encuentra continuamente en disputa.
Tal narrativa sobre la polarización, en línea con un paper reciente de Juan Roch, Daniel Balinhas y Aurelien Mondon, acaba estableciendo falsas equivalencias entre la izquierda y la ultraderecha, lo que supone que la primera sea presentada al final como la verdadera amenaza, mientras que a la segunda se le puede dar cabida. Trasladándolo al caso francés, el macronismo ha sido su gran exponente. El presidente de Francia, desde sus inicios, ha abonado al peligro de los extremos como forma de posicionarse como un tecnócrata que busca trascender la política, al tiempo que su accionar con el paso de los años se ha orientado cada vez más a la derecha, haciendo un flaco favor a una Agrupación Nacional crecida.
En tanto que hay un viraje hacia la derecha en la política como en los medios de comunicación, ¿se puede hablar de una derechización también en la opinión pública? El sociólogo Vicent Tiberj en el libro La droitisation française. Mythe et réalités (2024) desmonta que exista ese desplazamiento de derecha desde abajo. En todo caso, afirma que existe una insatisfacción con la representación entre la sociedad francesa, siendo especialmente evidente en una parte importante de los sectores populares. La «gran resignación» imperante no solo se traduce en que la ciudadanía opte por modos de participación política que van más allá del voto, sino que también puede conducir hacia el inmovilismo.
Así, no se ha de obviar el importante progreso electoral que ha experimentado RN. Esa posición con la que cuenta hoy el partido de Marine Le Pen no se entiende sin el doble proceso que llevó a cabo: el de «desdemonización» a nivel interno, y el de normalización a nivel externo. Además, para explicar dichos avances electorales, se suele enfatizar en el apoyo clave proveniente de los sectores populares. Esta es una idea manida y hasta cierto punto distorsionada. Con base en los libros Une histoire du conflit politique (2023) de Julia Cagé y Thomas Piketty y Comment le fascisme gagne la France (2025) de Ugo Palheta, se han de señalar los siguientes dos puntos: primero, la no cohesión de los sectores populares porque ciertas fracciones forman parte del bloque nacional-patriota (RN) y otras integran el bloque social-ecológico (Nuevo Frente Popular); y segundo, la formación de Le Pen obtiene igualmente buenos resultados entre los ejecutivos y entre la pequeña burguesía.
La supuesta relación entre RN y el voto obrero ha sido un tema que se ha tratado más allá de los medios de comunicación y la academia. Es decir, en los partidos de la izquierda francesa ha sido un foco de debate. Por ello, aquí se pretende analizar el cisma que se dio entre Mélenchon y François Ruffin por esta cuestión para luego ahondar en las perspectivas actuales de La Francia Insumisa.
La criollización como alternativa
François Ruffin se desempeña como diputado en la Asamblea Nacional desde 2017 por la primera circunscripción de Somme, al norte de Francia. Aun contando con su propia plataforma política, Picardie Debout!, Ruffin se mantuvo dentro de La Francia Insumisa, convirtiéndose en un momento en uno de los principales aliados de Jean-Luc Mélenchon. Para entender las sinergias que se generaron entre estas dos figuras, hay que pararse a señalar la etapa patriótica de izquierdas de LFI.
En los primeros años de LFI, hubo una priorización por los temas de corte nacional y las apelaciones a la soberanía francesa con la intención de recuperar a los votantes de ultraderecha. Se entendía que una parte importante de la clase trabajadora estaba desilusionada por el rumbo que habían tomado el establishment político y esto los había llevado a votar por RN, que desprendía un aura más contestataria. Así pues, la apelación «fâchés pas fachos (enfadados, no fascistas)» de Mélenchon pretendía ser una estrategia de conexión con este tipo de votante que no se basase tanto en el señalamiento, sino en el reconocimiento de insatisfacciones que habían sido desatendidas por los agentes de representación tradicionales y las instituciones estatales.
Como representante de un distrito obrero que había sufrido los efectos de la desindustrialización y donde RN se había hecho fuerte, Ruffin se sintió identificado con esta estrategia al considerar que podía ayudar a reconectar con «les petits blancs (gente blanca corriente)». El enfoque patriótico de izquierdas, por ende, ponía en un segundo plano las luchas de las llamadas «minorías». No obstante, como apuntan Théo Aiolfi y Thomás Zicman de Barros, los resultados de las elecciones europeas de 2019 mostraron los límites de dicha estrategia y a partir de aquí Ruffin fue progresivamente alejándose de LFI.
Mélenchon entendía que se requería un cambio de estrategia para buscar el voto en los abstencionistas, un grupo heterogéneo atravesado por distintas formas de exclusión. Continuando con Aiolfi y Zicman de Barros, en LFI se produjo un reposicionamiento y a partir de mediados de 2020 el grupo dirigente introdujo un concepto que ha marcado su estrategia en los siguientes años: la «créolisation (criollización)». Este es un concepto que en un primer momento desarrolló el escritor martiniqués Édouard Glissant y que, en palabras de Mélenchon, “es el eslabón perdido entre el deseo de universalismo y la reivindicación del derecho a la diferencia”. Por tanto, la criollización no implica renuncias ni caer en trampas, es una reinvención de lo nacional-popular que permite abrazar la diversidad existente.
Con esta estrategia ya implementada, LFI ha conseguido cosechar resultados electorales nada insignificantes: Mélenchon en las elecciones presidenciales de 2022 mejoró con respecto a 2017 y se quedó cerca de clasificarse a la segunda vuelta, mientras que a nivel parlamentario es el grupo más numeroso de la izquierda francesa. Sin embargo, Ruffin, al seguir apostando por el patriotismo de izquierdas, acabó marchándose de LFI a mediados de 2024. La criollización no era el único motivo que lo llevó a romper, sino que había varios. Debido al perfil propio cultivado, este político igualmente buscaba poder ser en algún momento candidato presidencial y eso en LFI era difícil que sucediese mientras Mélenchon siguiese en activo, además de que su relación con el líder insumiso era para entonces inexistente.
Fuera ya de LFI, Ruffin se está preparando para los comicios presidenciales de 2027. Para ello, reestructuró su movimiento Picardie Debout! –renombrado Debout!– con el fin de darle un alcance nacional. Éste, que pretende abrirse paso sin el respaldo de los partidos tradicionales, ha confirmado que se presentará a las primarias de la «izquierda unida», programadas para el próximo 11 de octubre, aunque en un principio no participarían ni Mélenchon (LFI), ni Raphaël Glucksmann (Plaza Pública), ni Fabien Roussel (Partido Comunista).
Más allá de que hasta ahora no ha mostrado tener el peso electoral que poseen otros nombres del amplio espacio de la izquierda francesa, resulta pertinente concluir este apartado presentando ciertas reservas en relación con el enfoque planteado por Ruffin. Por un lado, el proyecto que presenta para la izquierda cuenta con una perspectiva altamente nostálgica, que se puede sintetizar en su idea de «cerrar el paréntesis abierto en 1983». El líder de Debout! enfatiza esta idea con el objetivo de apuntar a los problemas que trajo la adaptación del capitalismo francés al neoliberalismo, pero, a su vez, lo concibe como una oportunidad para que la izquierda retome la senda interrumpida a partir de 1983. Dispone de una mirada muy apegada a la época de los «treinta años gloriosos».
Ante dicha idealización, es interesante pensar la cuestión a través de autoras como Melinda Cooper y su libro Los valores de la familia (2022). Cooper aquí pone de relieve cómo el Estado de Bienestar, constituido en muchos países occidentales después de finalizar la Segunda Guerra Mundial, pasaba por alto ciertas divisiones de raza, género y clase. Entonces cuando a partir de la década de los sesenta los distintos movimientos de liberación empezaron a luchar por una mejor redistribución de la riqueza y cuestionar las limitaciones normativas del llamado «salario social fordista» que constituía el pilar en el que se sustentaba la familia de posguerra, surgió como reacción la alianza neoliberal / neosocial-conservadora que terminó rompiendo con las políticas del bienestar para pasar a reforzar los lazos individuales. Este no es un libro que busque desestimar las implicaciones que tuvo el Estado de Bienestar entre las clases trabajadoras, sino que entre los objetivos se encuentra el de evitar caer en el tipo de reivindicaciones que realizan los sectores social-conservadores de izquierdas cuando hay que enfrentar a los efectos desintegradores del libre mercado. Para terminar, se puede plantear la misma pregunta que se hacía Stuart Hall en El largo camino de la renovación ([1988] 2018) en torno a una izquierda británica impotente e incapaz de plantear una alternativa al orden de posguerra en proceso de desmantelamiento: “¿Existe alguna forma más segura de volverse históricamente anacrónico?”.
Por otro lado, Ruffin sobreestima la relevancia de RN entre los sectores trabajadores, cuestionando, a su vez, a la izquierda por supuestamente haber dejado de hablar sobre el conflicto capital-trabajo para centrarse en cuestiones de índole social-identitario. Aparte de caer en planteos reduccionistas, el ya mencionado Ugo Palheta explica de otro modo esa atracción de un nuevo electorado por parte la ultraderecha francesa en regiones donde la desindustrialización se ha notado más –sobre todo el norte y el este de Francia–. Es decir, señala que de los que se han pasado a la ultraderecha son más las personas que votaban en el pasado a la derecha tradicional y menos los antiguos votantes de izquierda. Mientras tanto, de acuerdo con la advertencia de Vicent Tiberj, se resta importancia al alto número de trabajadores que han renunciado a las urnas.
Las perspectivas de los insumisos
La Francia Insumisa, pese a todo, se mantiene en pie. Todavía tiene presencia en el campo de la izquierda francesa. Algo similar se podría decir sobre su infatigable líder. Mélenchon es un político que genera una diversidad de opiniones, lo cual puede entenderse como un elemento constitutivo de su figura. Las falsas equivalencias y las presiones del sistema mediático han contribuido a la hora de que sea presentado como una figura polarizante. Pero si solo se mencionasen estos dos elementos, se estaría haciendo un perfil de Mélenchon incompleto. En este sentido, también se han de considerar ciertos desvaríos del líder insumiso que lo han terminado comprometiendo. Tales comportamientos por momentos lo han llevado a convertirse en el mejor aliado de aquello que pretende combatir.
Mélenchon, igualmente, es un punto de convergencia en el campo de la izquierda francesa. Para entender esto, el investigador Manuel Cervera-Marzal, especialista en LFI, destaca la dinámica de descrédito del bloque gobernante, así como el auge de los nuevos movimientos sociales. Se ha de sumar, por otro lado, un fenómeno recurrente en las campañas de Mélenchon: su repunte tardío de popularidad. Lo que quiere decir que el líder insumiso suele conseguir el grueso de apoyos en los seis meses previos a las elecciones. Así pues, su nombre continúa estando en la lista de los principales contendientes para las elecciones presidenciales de 2027.
Frente a la considerable visibilidad y apoyo mediático con el que cuentan algunas candidaturas alternativas de la izquierda, Mélenchon tiene detrás suyo una organización que en último tiempo ha adquirido una solidez considerable. LFI dispone un grupo de parlamentarios amplio, un equipo de asistentes experimentando, un centro de pensamiento propio –el Instituto La Boétie–, una red de cuadros, una inserción digital consolidada, capacidad logística y una robusta base programática. Por el tipo de aparato construido, se renuncia de forma deliberada al pluralismo y la democracia interna, concentrando la toma de decisiones en el grupo dirigente. Al final, en línea con la descripción que realizan el citado Cervera-Marzal y Rémi Lefebvre, es una organización que se expande y contrae como un acordeón, principalmente en lo que se refiere a su actividad militante. Esto último implica que en momentos electorales el partido puede movilizar a un importante número de simpatizantes y militantes, pero tras los comicios le cuesta retenerlos.
Todo ello ha de enmarcarse a partir de lo ocurrido en las elecciones locales, celebradas el 15 y 22 de marzo y consideradas la antesala de las presidenciales de 2027. LFI esta vez sí se tomó en serio dichos comicios, no como en 2020. De cara a su supervivencia, la dirigencia entendía que era necesario una municipalización del movimiento. Su ausencia en muchas partes del país era un escollo que LFI con este presente no podía ignorar. A su vez, suponía una oportunidad para interpelar a la «Nueva Francia», un recurso retórico en clara sintonía con la idea de criollización y que impugna los marcos excluyentes de la ultraderecha.
Entonces LFI concurrió en solitario a las elecciones de marzo, dado que el Partido Socialista había explicitado su rechazo a llegar a acuerdos con la formación de Mélenchon tanto en primera como en segunda vuelta. En mucho de los municipios, funcionó una alianza entre socialistas, verdes y comunistas. Sin embargo, el crecimiento electoral sin precedentes de LFI durante la primera vuelta implicó que los socialistas se viesen obligados a reconsiderar su negativa a hacer una alianza más amplia. Las tensiones y divisiones que se dieron en los meses previos se disiparon al conocerse los resultados electorales del 15 de marzo y se pasó a la conformación de alianzas en varios de los municipios franceses.
Para Rémi Lefebvre, la táctica planteada por los insumisos permitió una intensificación de las contradicciones entre la izquierda no mélenchonista, en especial al interior del PS. Porque aunque los socialistas sean el segundo partido con mayor número de cargos electos a nivel local, esa negativa a la alianza con LFI se desvaneció rápidamente cuando estaban en juego algunos ayuntamientos. Los resultados de la segunda vuelta, no obstante, mostraron que las alianzas PS-LFI no tuvieron el impacto esperado al perder en ciudades como Clermont-Ferrand, Brest, Tulle, Toulouse o Limonges. Así, se vuelve a poner en duda la viabilidad de esta alianza con vistas a las presidenciales del próximo año.
Más allá de estas «fusiones técnicas», ¿qué otras cuestiones se han de destacar de lo sucedido en los comicios locales? En el caso de la izquierda, el PS consiguió retener París, Marsella, Rennes, Montpellier, Lille y Nantes; LFI ganó en diez grandes ciudades, entre ellas Saint-Denis y Roubaix; los Verdes perdieron muchos de los municipios que lograron en 2020, aunque pudieron conservar Lyon; y el Partido Comunista, además de ganar en 250 ciudades en primera vuelta, pudo hacerse con la victoria en Nîmes. Por su parte, la derecha ganó igualmente en grandes ciudades, pudiendo arrebatar a los socialistas varios de sus bastiones; y la ultraderecha aumentó su apoyo, siendo especialmente fuerte en el sureste y el noreste del país.
Las elecciones locales, por tanto, van a marcar la dinámica de la política francesa, pero conviene prestar atención a sus bajos datos de participación. Ante esto, LFI no solo puede mostrar capacidad de adaptabilidad. No se pone en duda su posición prominente en el espacio de la izquierda francesa, lo que ocurre es que el PS también pisa fuerte.
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